¿Es malo comer fruta después de las comidas? ¿Debemos separar las proteínas de los hidratos de carbono? ¿Es perjudicial beber agua mientras comemos?
Seguro que has escuchado alguna de estas afirmaciones. Y, si utilizas las redes sociales, probablemente hayas encontrado listas interminables de alimentos que supuestamente nunca deberíamos combinar.
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Suscribirme en SubstackLo curioso es que muchas de esas recomendaciones se presentan como si fueran leyes universales de la nutrición. Pero hay una pregunta que casi nadie se hace: ¿Para quién?
Porque una recomendación alimentaria que puede ser útil para una persona con problemas digestivos no tiene por qué ser adecuada para alguien con diabetes, para una persona sana o para alguien que está intentando corregir una deficiencia nutricional.
Y aquí es donde empiezan los malentendidos.
Como naturópata, una de las cosas que considero fundamentales es comprender que no existen dos organismos exactamente iguales ni una única forma de alimentarse que funcione para todo el mundo.
Eso no significa que todo sea relativo. Existen interacciones entre alimentos perfectamente conocidas, mecanismos digestivos que podemos explicar y recomendaciones nutricionales respaldadas por la evidencia científica.
Pero también existen mitos, exageraciones y pautas terapéuticas que se han convertido, equivocadamente, en prohibiciones para toda la población.
Vamos a distinguir unas cosas de otras.
¿Existen realmente alimentos incompatibles?
Nuestro aparato digestivo está preparado para procesar diferentes nutrientes al mismo tiempo.
Cuando comemos, el estómago, el páncreas, el hígado y el intestino participan en un proceso coordinado en el que intervienen ácidos, enzimas digestivas, bilis y mecanismos de absorción.
No necesitamos comer las proteínas por un lado, los hidratos de carbono por otro y las grasas en una tercera comida para que nuestro organismo sepa qué hacer con ellos.
De hecho, muchos alimentos contienen naturalmente varios macronutrientes.
Las legumbres, por ejemplo, aportan hidratos de carbono y proteínas. Los frutos secos contienen grasas, proteínas y fibra. Y la leche contiene proteínas, grasas e hidratos de carbono en proporciones variables.
Si nuestro organismo no pudiera digerir nutrientes mezclados, tendríamos un problema bastante serio.
Sin embargo, que dos alimentos puedan digerirse juntos no significa que su combinación sea siempre la más conveniente.
Hay alimentos que modifican la absorción de determinados nutrientes, otros que pueden empeorar molestias digestivas y algunos que interactúan con medicamentos.
Por eso conviene distinguir entre una incompatibilidad real, una interacción nutricional y una dificultad de tolerancia individual.
1. Café y té con alimentos ricos en hierro: una interacción que sí importa
Empecemos por un ejemplo que tiene fundamento fisiológico.
El café y el té contienen compuestos fenólicos que pueden dificultar la absorción del hierro no hemo, presente principalmente en alimentos vegetales como las legumbres, los cereales y las verduras.
Imaginemos que una persona tiene niveles bajos de hierro y está intentando mejorar su alimentación. Prepara un plato de lentejas y, al terminar, se toma una taza de té.
¿Ha cometido un error terrible?
No. Pero quizá esa no sea la combinación más conveniente si necesitamos optimizar la absorción del hierro.
En personas con ferropenia puede ser útil separar el café y el té de las comidas principales, especialmente de aquellas que aportan hierro vegetal.
Y aquí aparece la otra cara de la moneda.
La vitamina C puede favorecer la absorción del hierro vegetal
Si acompañamos las lentejas con pimiento, tomate u otro alimento rico en vitamina C, podemos mejorar la absorción del hierro no hemo.
Es decir, hay combinaciones que pueden dificultar la utilización de un nutriente y otras que pueden favorecerla. La nutrición no consiste solamente en saber qué nutrientes contiene un alimento, sino también en comprender cómo los aprovechamos.
Eso sí, una persona con anemia no debería intentar resolverla únicamente modificando combinaciones alimentarias. Es importante conocer su causa y valorar el tratamiento adecuado.
2. Cereales integrales, salvado y minerales: ¿debemos preocuparnos?
Los cereales integrales, las semillas y las legumbres contienen fitatos, unas sustancias naturales que pueden unirse a determinados minerales, como el hierro y el zinc, y reducir parcialmente su absorción.
Pero cuidado, porque esto no significa que debamos empezar a tenerles miedo a los fitatos.
Últimamente parece que cada vez que descubrimos que un alimento contiene alguna sustancia capaz de interferir en la absorción de nutrientes, tenemos que eliminarlo inmediatamente de nuestra alimentación. Y no es así.
Algunas personas interpretan esta información como una razón para dejar de consumir cereales integrales, semillas y legumbres. Y esa sería una conclusión equivocada.
Los cereales integrales, las semillas y las legumbres pueden y deben formar parte de una alimentación saludable y son alimentos muy interesantes desde el punto de vista nutricional. Aportan fibra, vitaminas, minerales y otros compuestos beneficiosos.
Además, los propios fitatos están siendo estudiados por sus posibles efectos favorables para la salud. No son sustancias tóxicas que debamos eliminar de nuestra alimentación.
Su influencia sobre la absorción de minerales depende de la cantidad consumida, del conjunto de nuestra dieta y de las necesidades nutricionales de cada persona.
También existen técnicas tradicionales de preparación, como dejar las legumbres en remojo desde el día anterior, desechar esa agua varias veces, o germinar determinadas semillas y legumbres, que pueden contribuir a reducir su contenido en fitatos. El resultado depende del alimento y del procedimiento utilizado.
¿Dónde prestaría yo especial atención? En personas que presentan deficiencias de hierro o zinc, siguen dietas muy restrictivas o consumen cantidades extraordinariamente elevadas de salvado añadido.
También conviene prestar atención a la planificación de las dietas vegetarianas y veganas, especialmente cuando una parte importante de los minerales procede de fuentes vegetales. Esto no significa que estas dietas provoquen necesariamente deficiencias, sino que debemos asegurar un aporte y una absorción adecuados.
Una vez más, no se trata de prohibir alimentos, demonizarlos ni tenerles miedo, sino de comprender nuestras necesidades nutricionales y adaptar la alimentación a nuestras circunstancias.
3. ¿Es malo mezclar proteínas e hidratos de carbono?
Este es uno de los grandes clásicos de las dietas disociadas.
Seguramente habrás escuchado que no debemos comer carne con patatas, pescado con arroz o huevos con pan porque las proteínas y los hidratos de carbono necesitan condiciones digestivas diferentes.
La explicación suele ser que unos alimentos requieren un medio ácido y otros uno alcalino, y que mezclarlos dificulta la digestión.
Y es cierto que las distintas fases de la digestión requieren condiciones diferentes, pero también es cierto que nuestro sistema digestivo no funciona de una manera tan simplificada.
El estómago mantiene un ambiente ácido, mientras que en el intestino delgado actúan enzimas en condiciones diferentes, generalmente más alcalinas. Y nuestro organismo sabe regular estos procesos de forma coordinada.
Aunque no se ha demostrado que separar proteínas e hidratos de carbono sea necesario para todo el mundo, eso no significa que organizar los alimentos de esta manera no pueda resultar útil en determinadas circunstancias.
Ahora bien, aquí quiero explicarme.
Yo utilizo pautas de alimentación disociada en mi consulta. ¿Por qué?
Porque en determinados problemas digestivos, y siempre de forma temporal y durante un tiempo limitado, comer de una manera más sencilla puede facilitar la tolerancia digestiva, reducir el número de ingredientes y ayudarnos a identificar qué alimentos están desencadenando determinados síntomas.
Pero una cosa es utilizar una herramienta dietética sabiendo cómo y por qué la estamos utilizando y otra muy distinta es afirmar que jamás en la vida podemos mezclar un hidrato de carbono con una proteína.
El hecho de que los profesionales utilicemos determinadas pautas en circunstancias concretas no significa que estas deban convertirse en reglas universales.
Y este es precisamente uno de los problemas que encontramos actualmente en las redes sociales. Alguien escucha una recomendación, ha oído campanas y no sabe dónde, la saca de contexto y termina convirtiéndola en una norma que supuestamente todos deberíamos instaurar en nuestra vida.
Que una pauta tenga sentido para una persona en un momento determinado no significa que sea una verdad universal. Y, sobre todo, una dieta restrictiva jamás debería mantenerse indefinidamente sin una justificación clara.
Por ejemplo, cuando una persona acude a mi consulta con SIBO, suelo aplicar inicialmente una dieta disociada y reducir determinados alimentos, adaptando la pauta a sus circunstancias. Pero nunca aplicaría esa misma disociación de forma indiscriminada a un niño en crecimiento o a una persona que realiza ejercicio físico intenso, porque cada cuerpo es un mundo y cada organismo tiene unas necesidades nutricionales diferentes.
Y ni que decir tiene una mujer embarazada. A una embarazada no le aplico una dieta disociada.
La alimentación debe adaptarse a la persona, a su estado de salud y a sus necesidades, no al revés. Porque una cosa es utilizar una pauta dietética como herramienta en determinadas circunstancias y otra muy distinta es convertirla en una obligación para todo el mundo.
4. ¿Es malo comer fruta después de las comidas?
Aquí tenemos probablemente uno de los ejemplos más interesantes y más desmadrados en las redes sociales.
A veces se afirma que la fruta debe comerse siempre con el estómago vacío porque, si se toma después de comer, fermenta y provoca gases.
También encontramos la recomendación contraria: comer fruta siempre de postre.
¿Quién tiene razón?
Pues depende de la persona, del tipo de fruta, de la cantidad y del contexto.
La fruta no fermenta automáticamente en el estómago
En una persona sana, con una función digestiva normal y una secreción adecuada de ácido clorhídrico, comer fruta después de una comida no provoca por sí mismo una fermentación patológica. Al contrario, la fruta puede ayudar a aumentar la sensación de saciedad, algo especialmente interesante para personas que están intentando perder peso.
El estómago no funciona como un recipiente donde los alimentos quedan inmóviles esperando a pudrirse. El ácido clorhídrico contribuye a mantener el ambiente ácido necesario para la digestión y dificulta la proliferación de muchos microorganismos. Por su parte, los movimientos del estómago mezclan los alimentos y favorecen su procesamiento. La digestión y el vaciamiento gástrico son procesos regulados fisiológicamente.
También debemos tener en cuenta que el estrés puede alterar la motilidad digestiva y, en determinadas circunstancias, ralentizar el vaciamiento gástrico. Por tanto, no existe una razón general para prohibir la fruta de postre. Sin embargo, eso no significa que todas las personas la toleren de la misma manera.
¿Qué ocurre cuando una persona tiene SIBO?
El SIBO es un sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado que puede asociarse con distensión abdominal, gases, dolor y alteraciones del tránsito intestinal.
Algunas frutas contienen cantidades elevadas de determinados carbohidratos fermentables, conocidos como FODMAP.
Entre ellos encontramos la fructosa cuando está presente en exceso respecto a la glucosa, los fructanos y los polialcoholes, como el sorbitol.
En personas sensibles, estos componentes pueden aumentar los gases, la distensión y otras molestias digestivas. Y quiero aclarar algo importante: no es que la fruta llegue y provoque de repente un problema digestivo que antes no existía. Estamos hablando de personas que ya presentan una alteración digestiva y en las que determinados alimentos pueden agravar los síntomas.
Por eso, en algunas personas con SIBO puede ser conveniente modificar las frutas que consumen, sus cantidades y su distribución a lo largo del día. En mi consulta suelo recomendar tomar la fruta fuera de las comidas cuando considero que esta organización puede mejorar la tolerancia digestiva. Pero no es una regla universal. Os voy a explicar por qué.
Imaginemos una persona que lleva mucho tiempo con SIBO, hinchazón y digestiones difíciles. Quizá una manzana después de una comida abundante le provoque más molestias. Pero eso no significa que mi objetivo sea quitarle la fruta de su alimentación. ¡Todo lo contrario! Quiero que siga comiendo fruta.
Lo que necesito es encontrar el momento del día y las variedades que mejor tolere. Por eso puedo recomendarle tomarla en la merienda, a media mañana o en otro momento, separada de las comidas principales. No porque exista una prohibición universal de mezclar fruta con otros alimentos, sino porque estoy intentando organizar su alimentación para que pueda cubrir sus necesidades nutricionales sin aumentar innecesariamente sus molestias.
Y debemos tener algo muy claro: no todas las frutas tienen el mismo contenido en FODMAP y no todas las personas con SIBO reaccionan igual.
Separar la fruta de las comidas tampoco constituye por sí mismo un tratamiento demostrado del SIBO. Es una estrategia de organización alimentaria que utilizo en determinados casos para intentar facilitar la tolerancia digestiva.
Muchas personas llegan a consulta después de meses o incluso años de molestias, hinchazón y digestiones difíciles. Y uno de mis primeros objetivos es que puedan empezar a encontrarse mejor, recuperar cierta tranquilidad a la hora de comer y comprometerse con su proceso de recuperación. Por eso considero importante introducir cambios que puedan resultarles útiles desde el principio, sin perder de vista que cada situación necesita una valoración individual.
Las restricciones alimentarias deben adaptarse a los síntomas y revisarse para evitar limitaciones nutricionales innecesarias. Porque la fruta es un alimento valioso que no deberíamos eliminar sin una razón justificada.
Una persona que está intentando perder peso puede beneficiarse de tomar fruta de postre porque le ayuda a sentirse saciada. Una persona con SIBO quizá tolere mejor determinadas frutas fuera de las comidas principales. Y una persona con una secreción reducida de ácido clorhídrico o con determinadas dificultades digestivas puede necesitar que simplifiquemos su alimentación para favorecer su tolerancia.
Pero quiero insistir especialmente en esto último: TEMPORALMENTE. El objetivo no es imponer restricciones para toda la vida, sino adaptar la alimentación mientras trabajamos sobre el problema que las hace necesarias.
¿Y si la persona tiene diabetes?
Ahora imaginemos una situación completamente diferente. Una persona con diabetes puede y, en general, debería incluir fruta entera dentro de una alimentación equilibrada, adaptando las cantidades a sus necesidades y a su control glucémico.
Si consume esa fruta como parte de una comida que contiene proteínas, grasas y fibra, la absorción de sus hidratos de carbono puede ser más gradual que cuando la consume aisladamente, aunque la respuesta glucémica dependerá de la composición y cantidad total de la comida. Por supuesto, los hidratos de carbono de la fruta también cuentan.
No podemos afirmar que tomar fruta de postre vaya a reducir siempre el pico de glucosa, que permita prescindir de la medicación o que sea la mejor opción para todas las personas con diabetes. Pero tampoco tendría sentido prohibirla sistemáticamente.
Fijaos en la diferencia: una persona con problemas digestivos puede beneficiarse de una distribución determinada de la fruta, mientras que otra con necesidades metabólicas diferentes puede organizarla de otra manera. Las dos estrategias pueden tener sentido cuando están justificadas por la situación individual. Lo que no tiene sentido es convertir cualquiera de ellas en una norma para todo el mundo.
5. ¿Es malo beber agua durante las comidas?
Otro mito que lleva años circulando.
Se afirma que beber agua mientras comemos diluye los jugos gástricos y dificulta la digestión. Pero nuestro organismo regula la secreción de ácido clorhídrico y enzimas digestivas en función de sus necesidades. Y vamos a pensar una cosa: ¿qué ocurre cuando nos comemos una sopa? Porque una sopa contiene una cantidad considerable de agua y, sin embargo, nuestro aparato digestivo está perfectamente preparado para digerirla.
En una persona sana, beber cantidades normales de agua durante las comidas no impide que el estómago realice su trabajo. De hecho, el agua puede facilitar la masticación y, especialmente, la deglución de los alimentos.
¿Significa esto que todo el mundo debe beber grandes cantidades de agua mientras come? Tampoco. Por ejemplo, en los niños pequeños, beber mucha agua justo antes de comer puede provocar una sensación de plenitud que reduzca su apetito. Y si el niño ya come poco, quizá no sea lo más conveniente que llegue a la comida con el estómago lleno de agua.
En personas que están intentando perder peso ocurre algo interesante. Beber un vaso de agua antes de las comidas puede aumentar temporalmente la sensación de plenitud y ayudar a algunas personas a moderar la cantidad de alimentos que consumen. De hecho, existen estrategias de control del apetito que aprovechan precisamente este efecto. Algunos suplementos ricos en fibras capaces de absorber agua también se utilizan con esta finalidad, siempre teniendo en cuenta sus características y precauciones.
Pero no debemos confundir estas estrategias con la idea de que el agua impide la digestión. Una persona con sensación de plenitud intensa, reflujo o determinadas alteraciones del vaciamiento gástrico también puede encontrarse más cómoda distribuyendo los líquidos de otra manera. Por tanto, no existe fundamento para recomendar a toda la población que evite beber agua durante las comidas por miedo a diluir los jugos gástricos.
La cuestión no es que el agua estropee la digestión, sino que, si bebemos grandes cantidades, podemos sentirnos llenos antes de haber comido lo suficiente. Y eso, dependiendo de la persona y de sus necesidades, puede ser conveniente o justamente lo contrario.
6. ¿Se puede mezclar leche con fruta?
Aquí encontramos otro ejemplo de cómo una afirmación se repite tantas veces que termina pareciendo una verdad. Como suele decirse, una mentira repetida mil veces acaba convirtiéndose en verdad.
Se dice que mezclar leche con fruta provoca fermentaciones, que la acidez de algunas frutas estropea la leche o que ambos alimentos son incompatibles. Sin embargo, no existe una incompatibilidad digestiva general entre la leche y la fruta.
De hecho, vamos a pensar una cosa: ¿qué es un smoothie? Porque últimamente se han puesto de moda los smoothies, esos batidos que combinan frutas con leche, yogur u otros ingredientes. Un yogur natural con fresas, por ejemplo, puede formar parte perfectamente de una alimentación equilibrada y saludable.
Otra cuestión muy distinta es que una persona tenga intolerancia a la lactosa, alergia a las proteínas de la leche de vaca o problemas para absorber determinados azúcares de la fruta, como la fructosa. En estos casos sí pueden aparecer molestias digestivas o, en el caso de una alergia, reacciones que requieren precauciones específicas.
Pero el problema no es necesariamente haber mezclado dos alimentos incompatibles, sino que esa persona presenta una condición previa que modifica su tolerancia. Y aquí debemos evitar una confusión muy habitual: Que una combinación te siente mal a ti no demuestra que esos alimentos sean incompatibles para todo el mundo. Puede que el problema esté en alguno de sus componentes, en la cantidad consumida o en una alteración digestiva que conviene investigar.
También es cierto que, si mezclamos leche con determinadas frutas muy ácidas, como el limón, podemos provocar que se corte. ¿Y qué significa eso? Que la acidez modifica la estructura de las proteínas de la leche y puede provocar su coagulación. Pero que la leche se corte por efecto de un ácido no significa automáticamente que se haya estropeado ni que resulte perjudicial para la salud. De hecho, la acidificación de la leche se utiliza desde hace siglos en distintas preparaciones culinarias, incluidos algunos quesos frescos y salsas.
Y nuestro propio estómago contiene ácido clorhídrico, que también interviene en la transformación de las proteínas durante la digestión.
Por supuesto, tampoco necesitamos beber leche constantemente durante la edad adulta. Podemos obtener los nutrientes que aporta mediante diferentes alimentos, según nuestras preferencias y necesidades. Pero una cosa es decidir si queremos consumir leche y otra muy distinta afirmar que mezclarla con fruta es perjudicial.
Y ahora viene lo que más gracia me hace de todo este asunto. El mismo que por la mañana publica un vídeo diciéndote que jamás mezcles leche con fruta porque es malísimo para la digestión, por la tarde te recomienda un smoothie maravilloso con leche, plátano y fresas.
¿Podemos centrarnos un poquito, por favor? Porque no podemos convertir una combinación en peligrosísima a las diez de la mañana y recomendarla como un desayuno saludable a las cinco de la tarde. La nutrición necesita bastante más coherencia y bastante menos alarmismo.
No se trata de tener miedo a mezclar alimentos, sino de comprender qué estamos comiendo, cómo lo toleramos y qué necesidades tiene nuestro organismo.
7. Comidas muy grasas y alcohol: una combinación poco recomendable
Vamos con un ejemplo bastante más cotidiano. Una cena abundante, rica en grasas y acompañada de alcohol. O esas comidas copiosas, barbacoas interminables, llenas de cerveza, mojitos, tintos de verano y hasta algún gin-tonic. ¿Por qué no?
Y no nos olvidemos de las hamburguesas con su cervecita artesana, las famosas smash burgers o las pizzas acompañadas de alcohol.
Eso sí, ahora todo tiene que ser «de autor». La hamburguesa, la cerveza y, si nos descuidamos, hasta las patatas fritas.
Las comidas copiosas y muy grasas pueden retrasar el vaciamiento gástrico y favorecer los síntomas de reflujo gastroesofágico en personas predispuestas. El alcohol, por su parte, puede irritar el aparato digestivo y empeorar determinadas molestias. Además, no debemos olvidar que su consumo conlleva riesgos para la salud, independientemente de los alimentos que lo acompañen.
¿Significa esto que la grasa es mala? Pues sí y no.
Las grasas forman parte de una alimentación saludable, pero importan su calidad, su cantidad y el contexto en el que las consumimos. No es lo mismo utilizar aceite de oliva virgen extra para aliñar unas verduras que organizar una barbacoa de panceta de cerdo acompañada de varios gin-tonics. Y tampoco debemos confundir una comida ocasional con un hábito mantenido.
Pero hay algo que me resulta especialmente curioso. Nos preocupa muchísimo si podemos comer fruta después de las comidas, si podemos mezclar leche con fresas o si las patatas son compatibles con la carne.
Imagínate la situación. Tú estás tranquilamente en tu casa, sin meterte con nadie, preparando tu comida. Un poquito de brócoli, un filete y una manzana de postre. Pero acabas de ver un vídeo en TikTok donde alguien te ha advertido, con absoluta solemnidad, de que mezclar esos alimentos es poco menos que una catástrofe digestiva.
Y ahí estás tú, mirando la manzana con desconfianza, preguntándote si te la puedes comer o si vas a cometer un terrible error nutricional. Mientras tanto, el mismo tiktoker que te acaba de asustar con la manzana aparece en otro vídeo comiéndose una hamburguesa doble de bacon, queso fundido, salsas por todas partes, una maravillosa salsa de pantera rosa dulzona y pringosa, patatas fritas y su correspondiente cervecita de autor.
Porque, por lo visto, añadir azúcar a una hamburguesa cargada de grasa no plantea ningún conflicto. Pero comerte una manzana después de un brócoli es motivo de alarma. Y encima la hamburguesa es una smash burger, que parece que así queda todo mucho más sofisticado.
A ver, señores, ¿podemos tener un poquito de coherencia? Porque aquí estamos hablando de una combinación que puede aportar cantidades importantes de grasas, sal y azúcares añadidos, acompañada además de alcohol. Pero esto no nos preocupa tanto. Esto está de moda. Esto se puede hacer. Esto aparece en redes sociales como una experiencia gastronómica maravillosa.
Y tú, mientras tanto, sigues en tu casa preguntándote si puedes comerte la dichosa manzana.
No se trata de demonizar una hamburguesa o una pizza ocasional, ni de prohibir que alguien disfrute de una comida especial. Se trata de entender que, si realmente queremos hablar de combinaciones alimentarias que conviene limitar por sus posibles consecuencias para la salud, quizá deberíamos prestar más atención al consumo habitual de comidas excesivamente grasas acompañadas de alcohol que a una inocente pieza de fruta después de comer.
A lo mejor estamos poniendo el foco en las combinaciones equivocadas. O, peor todavía, estamos haciendo caso a las personas equivocadas. Porque que alguien haya descubierto cómo ganarse la vida desde su casa contando sus experiencias en redes sociales no significa que tenga conocimientos de nutrición, alimentación y, muchísimo menos, de salud. Y no tengo absolutamente nada en contra de que alguien comparta su vida. ¡Faltaría más!
Pero contar tu vida no te convierte en una autoridad sanitaria. Tener miles de seguidores, conseguir millones de visualizaciones o saber hacer vídeos muy entretenidos tampoco garantiza que lo que estás explicando tenga fundamento. Una experiencia personal puede ser interesante, pero no es una prueba científica ni sustituye los conocimientos necesarios para aconsejar a otras personas sobre su salud. Así que, antes de dejar de comerte una manzana porque alguien te ha dicho en TikTok que mezclarla con otros alimentos es peligrosísimo, quizá deberías hacerte una pregunta mucho más importante: ¿y esta persona qué sabe realmente de nutrición?
8. Comidas abundantes y bebidas con gas
Seguimos con otra combinación que suele aparecer en las listas de alimentos que supuestamente no deberíamos mezclar: las comidas abundantes y las bebidas con gas.
Las bebidas carbonatadas pueden aumentar los eructos y la sensación de distensión abdominal, especialmente en personas con reflujo gastroesofágico, hinchazón frecuente o determinadas molestias digestivas. Pero no todas las personas experimentan estos efectos ni tienen por qué evitar las bebidas con gas.
También debemos diferenciar una bebida carbonatada sin azúcar de un refresco azucarado, cuyo consumo habitual añade otras consideraciones nutricionales. Y, por supuesto, tampoco es lo mismo beber agua con gas que acompañar todas las comidas con cerveza o refrescos. Porque volvemos a lo de antes.
Parece que hemos normalizado acompañarlo absolutamente todo con cerveza o con ese famoso refresco de color negro. Eso sí, ahora lo pedimos light o zero, que parece que así nos quedamos mucho más tranquilos. Y no, tampoco significa que una bebida sin azúcar sea automáticamente perjudicial. Lo que quiero decir es que debemos valorar lo que consumimos en su conjunto y no quedarnos únicamente con una etiqueta.
Pero hay algo que me llama especialmente la atención. Este artículo nace de una pregunta que me hicieron en Quora sobre qué alimentos no deberíamos mezclar. Y precisamente en Quora me encontré con otra pregunta que todavía recuerdo. Una persona quería saber si beber champán era menos perjudicial para la salud que beber vino tinto porque las burbujas del champán moverían y mezclarían mejor el alcohol con los alimentos y las bebidas que tenemos en el estómago. ¡Pero, chiquillos!
¿Qué tenemos en el estómago, una lavadora con programa de centrifugado? Vamos a ver. Nuestro estómago ya dispone de movimientos musculares que mezclan los alimentos con las secreciones digestivas y contribuyen a transformarlos antes de que pasen al intestino delgado. No necesita que le añadamos burbujas para ponerlo a funcionar.
Y, por supuesto, que el champán tenga burbujas no significa que el alcohol que contiene sea menos perjudicial para la salud que el del vino tinto. El alcohol sigue siendo alcohol, independientemente de que la bebida tenga gas o no. De hecho, las bebidas carbonatadas pueden favorecer una absorción más rápida del alcohol en determinadas circunstancias, aunque esto depende de otros factores, como la cantidad consumida y si hemos comido previamente.
Así que no, las burbujas no convierten el champán en una bebida más saludable ni ponen a nuestro estómago a centrifugar la cena. El problema no es una supuesta incompatibilidad química entre la comida y las burbujas, sino cómo responde nuestro aparato digestivo y qué estamos consumiendo en conjunto.
Y, por favor, vamos a ser un poquito más rigurosos con la ciencia. Porque a mí me parece estupendo que cada uno experimente en su casa y tenga sus propias teorías. Pero una cosa es que tú improvises en tu casa y otra muy distinta es que pretendas que los demás hagamos tus locuras. Y muchísimo menos que las convirtamos en recomendaciones de salud.
9. Pomelo, medicamentos y tiroides: aquí sí existen interacciones importantes
Hasta ahora hemos hablado de digestiones, de alimentos que pueden sentarnos mejor o peor y de combinaciones que supuestamente deberíamos evitar. Pero ahora vamos con algo diferente.
Existen alimentos que sí pueden interferir con determinados medicamentos. Y aquí conviene prestar atención. Porque una cosa es que una manzana después de comer te produzca gases y otra muy distinta es que un alimento modifique el efecto de un medicamento que necesitas tomar.
El pomelo y los medicamentos
El pomelo es una fruta saludable, pero tiene una particularidad: puede alterar la forma en la que nuestro organismo procesa determinados medicamentos.
¿Y qué puede ocurrir? Pues que algunos medicamentos lleguen a la sangre en cantidades mayores de las previstas, aumentando el riesgo de efectos secundarios.
Entre ellos encontramos algunos utilizados para controlar el colesterol, como la simvastatina o la atorvastatina; determinados medicamentos para la tensión arterial, como la nifedipina; y otros empleados para tratar problemas cardíacos, ansiedad o prevenir el rechazo de órganos trasplantados. Pero no todos los medicamentos de estas familias presentan el mismo problema.
Por eso, si tomas medicación habitualmente, es importante comprobar si puedes consumir pomelo. Y cuidado, porque no siempre basta con tomar el medicamento por la mañana y el pomelo por la tarde. Algunas de estas interacciones pueden durar bastante más tiempo.
¿Y qué pasa con la medicación para la tiroides?
Aquí tenemos otro ejemplo interesante. Muchas personas con hipotiroidismo toman levotiroxina, un medicamento que sustituye la hormona tiroidea que su organismo no produce en cantidad suficiente.
Pues bien, determinados alimentos y suplementos pueden dificultar su absorción. Por ejemplo, tomar la medicación junto con el desayuno, el café o determinados suplementos de hierro y calcio puede hacer que se absorba menos cantidad de la necesaria.
Por eso, generalmente se recomienda tomarla con agua, en ayunas, y esperar el tiempo indicado antes de desayunar. Los suplementos de hierro y calcio suelen necesitar una separación mayor, habitualmente de unas cuatro horas.
¿Significa eso que una persona con hipotiroidismo no puede tomar café, leche o suplementos de minerales? ¡Por supuesto que no! Significa que debe organizar correctamente los horarios. Y aquí es donde volvemos al problema de siempre: alguien escucha que el café puede interferir con la medicación tiroidea y termina diciendo que el café es malo para la tiroides. ¡Que no es lo mismo!
¿Y el brócoli? ¿También es malo para la tiroides?
¡Ay, el pobre brócoli! Que últimamente parece que tiene la culpa de todos los males.
Seguro que habéis escuchado que las personas con hipotiroidismo no pueden comer brócoli, coliflor, repollo o coles de Bruselas. ¿De dónde viene esta idea?
Estas verduras contienen unas sustancias naturales que, en determinadas circunstancias, pueden dificultar que la glándula tiroides aproveche correctamente el yodo, un mineral que necesita para fabricar sus hormonas. Pero eso no significa que comer un plato de brócoli vaya a estropear tu tiroides.
Para la mayoría de las personas con hipotiroidismo, comer cantidades normales de estas verduras dentro de una alimentación variada no supone ningún problema. La situación puede ser diferente cuando existe una deficiencia importante de yodo o se consumen cantidades exageradas de determinadas crucíferas, especialmente crudas. Además, cocinarlas reduce parte de ese efecto.
Y quiero aclarar algo: El brócoli no bloquea la medicación tiroidea de la misma manera que puede hacerlo un suplemento de hierro o calcio tomado a la vez. Son cuestiones distintas que muchas veces se mezclan en las redes sociales hasta generar un miedo completamente innecesario. Porque, al final, tenemos personas que dejan de comer verduras estupendas porque alguien les ha dicho que son peligrosísimas para su tiroides.
Y no, señores. No funciona así.
Otras combinaciones que sí debemos tener en cuenta
El pomelo no es el único alimento que puede interferir con medicamentos. Por ejemplo, algunos antibióticos no deben tomarse al mismo tiempo que determinados suplementos de calcio, hierro, magnesio o zinc, porque pueden absorberse peor.
También existen medicamentos anticoagulantes, como el Sintrom, cuyo efecto puede verse alterado por cambios bruscos en la cantidad de vitamina K que consumimos.
¿Y dónde encontramos vitamina K? Entre otros alimentos, en muchas verduras de hoja verde. ¿Significa esto que una persona que toma Sintrom no puede comer espinacas, acelgas o brócoli? No. Significa que debe procurar mantener un consumo regular de estos alimentos y seguir las indicaciones de los profesionales que controlan su tratamiento.
Y, por supuesto, tampoco podemos olvidarnos del alcohol, que puede interactuar con numerosos medicamentos.
Así que, cuando hablamos de alimentos que no debemos mezclar, quizá deberíamos preocuparnos menos por si podemos comer una manzana después de un filete y prestar más atención a estas cuestiones. Porque aquí sí existen interacciones que pueden tener consecuencias importantes.
Y fijaos qué curioso: hay personas que tienen miedo de mezclar brócoli con carne, pero no saben que el suplemento de hierro que toman con su medicación tiroidea puede hacer que esta se absorba peor. Una vez más, no se trata de tener miedo a los alimentos. Se trata de saber qué estamos tomando, cómo debemos hacerlo y cuándo existe una razón real para tener precaución.
Entonces, ¿qué alimentos no debemos comer juntos?
Después de todo lo que hemos visto, espero que al menos una cosa haya quedado clara: alimentarse bien no consiste en vivir pendiente de una lista interminable de prohibiciones.
Nuestro organismo es bastante más inteligente de lo que algunos vídeos de TikTok parecen hacernos creer. Eso no significa que debamos ignorar nuestras molestias digestivas ni que todas las combinaciones sean adecuadas en cualquier circunstancia.
Significa que debemos aprender a distinguir entre una recomendación que tiene fundamento, una pauta que puede ser útil temporalmente y una ocurrencia que alguien ha decidido convertir en una verdad absoluta.
Y también quiero recordaros algo. Escuchar a nuestro cuerpo es importante, pero interpretar correctamente lo que nos está diciendo lo es todavía más. Si una comida te produce molestias, no significa necesariamente que hayas mezclado mal los alimentos. Puede existir una intolerancia, una alteración digestiva, una cantidad excesiva de comida, algo tan sencillo como una hipoclorhidria —una producción insuficiente de ácido en el estómago— o incluso una situación de estrés que esté influyendo en tu digestión.
Y si esas molestias se repiten, lo razonable es investigar qué está ocurriendo, no empezar a eliminar alimentos hasta quedarnos comiendo cuatro cosas. Porque esto es algo que veo habitualmente en consulta. Personas que llegan después de haber eliminado tantos alimentos que prácticamente solo se atreven a consumir determinados grupos, convencidas de que todo les sienta mal.
Y, sin embargo, en ocasiones encontramos problemas digestivos relativamente sencillos de abordar, como puede ser una hipoclorhidria, que no requieren condenar a nadie a una alimentación llena de prohibiciones. No siempre estamos ante un problema tan complicado como parece.
Pero hay otra situación que me preocupa especialmente. Personas que vienen a consulta y que lo están haciendo francamente bien.
Llevan una alimentación equilibrada, cuidan sus hábitos y mantienen una regularidad casi castrense. Son constantes, responsables y se esfuerzan por cuidar su salud. Y, sin embargo, llegan convencidas de que están haciendo algo mal. ¿Por qué?
Porque han escuchado en internet que no deberían mezclar determinados alimentos, que su desayuno es incorrecto, que la fruta debe tomarse a una hora concreta o que llevan años cometiendo errores nutricionales terribles. ¡Y resulta que no estaban haciendo nada mal! Estaban cuidándose perfectamente hasta que alguien les hizo dudar de sí mismas. Y esto, sinceramente, me pone de los nervios.
Porque una cosa es divulgar información que ayude a las personas a mejorar su alimentación y otra muy distinta es conseguir que alguien que ya tiene unos buenos hábitos termine sintiendo miedo, inseguridad o culpabilidad cada vez que se sienta a comer. No necesitamos convertir la alimentación saludable en una competición por hacerlo todo perfecto.
Por eso, antes de entrar en una espiral de miedo, restricciones y preocupación cada vez que os sentáis a comer, informaos y buscad la causa de lo que os ocurre. Porque algunas dificultades digestivas tienen soluciones mucho más sencillas de lo que imagináis. Y os aseguro que, cuando empezáis a encontraros mejor, a veces sois vosotros mismos los primeros sorprendidos.
Nuestro objetivo debería ser precisamente ese: conseguir una alimentación lo más variada, completa y bien tolerada posible. Así que la próxima vez que alguien te diga que jamás debes mezclar dos alimentos, antes de asustarte, pregúntate: ¿Por qué? ¿Para quién? ¿Y quién me lo está diciendo? Que esas tres preguntas pueden ahorrarte muchos disgustos.
Y, por favor, si te apetece comerte una manzana después de un plato de brócoli y un filete, y te sienta estupendamente… ¡Cómete la dichosa manzana y disfruta de tu comida!
¿Tienes molestias digestivas y ya no sabes qué alimentos puedes comer?
Si llevas tiempo con hinchazón, gases, digestiones difíciles o una lista de alimentos prohibidos que cada día se hace más larga, quizá sea el momento de revisar qué está ocurriendo.
En mis consultas de naturopatía estudiamos tu alimentación, tus hábitos y tus circunstancias particulares para valorar qué cambios pueden ayudarte, respetando siempre los diagnósticos y tratamientos médicos que puedas necesitar. Mi objetivo no es que termines teniendo miedo a comer, sino ayudarte a encontrar una alimentación adaptada a tus necesidades y que puedas disfrutar.
Si crees que puedes estar pasando por este problema. Y si necesitas que te guíe . Te invito a solicitar una consulta online conmigo, estaré encantada de ayudarte .




